Cómo los gobiernos usan la IA para controlar poblaciones enteras

Cómo los gobiernos usan la IA para controlar poblaciones enteras

La Inteligencia Artificial no sólo está revolucionando industrias y cambiando el día a día de millones de personas.

Silenciosamente, también se ha convertido en una poderosa arma geopolítica.

Hoy, algunos gobiernos están aprovechando la IA para vigilar, manipular y controlar poblaciones enteras sin que estas lo noten.

Lo que parecía ciencia ficción ya está ocurriendo a escala global.

IA como mecanismo de vigilancia masiva

El uso de la Inteligencia Artificial para vigilancia se ha disparado en la última década.

Desde sistemas de reconocimiento facial hasta análisis predictivo, los gobiernos han hallado en la IA una herramienta perfecta para monitorear el comportamiento social.

China lidera este campo con su conocido sistema de créditos sociales, donde cada ciudadano es evaluado por su comportamiento diario.

Las cámaras con IA reconocen rostros, comparan patrones y penalizan acciones inadecuadas, como cruzar un semáforo en rojo o hablar mal del gobierno en redes sociales.

Estos datos se traducen en puntuaciones que pueden determinar el acceso a empleos, préstamos o incluso viajes.

No es un caso aislado: más de 75 países ya usan tecnologías de vigilancia basadas en Inteligencia Artificial según el AI Global Surveillance Index.

¿Qué tecnologías específicas se usan?

  • Reconocimiento facial en tiempo real en estaciones de tren, aeropuertos y calles.
  • Análisis de voz para interceptar llamadas sospechosas.
  • machine learning aplicado al análisis de redes sociales.
  • Detección de emociones para predecir reacciones violentas o disturbios.

Estos sistemas no sólo observan, sino que también predicen posibles amenazas.

Y el paso siguiente es fácil de imaginar: actuar antes de que el crimen se cometa...

Manipulación de la información a escala nacional

La Inteligencia Artificial no se limita a observar; ahora también escribe, traduce, publica y distorsiona.

Modelos de lenguaje masivo, como los que sustentan los actuales LLMs, han sido empleados para crear campañas de desinformación.

Fake news, bots automatizados en redes sociales, comentarios copiados y pegados por inteligencias artificiales: todo al servicio de moldear la opinión pública.

Durante elecciones, protestas o crisis, esto se convierte en una verdadera guerra narrativa.

Rusia, por ejemplo, ha sido asociada con el uso masivo de bots inteligentes que simulan ser ciudadanos comunes.

Estos bots pueden elogiar a figuras del poder, sembrar odio hacia movimientos sociales o confundir a los votantes con noticias contradictorias.

Lo más preocupante: muchos de estos contenidos son indistinguibles de los reales.

Gracias a avances en procesamiento natural del lenguaje, hoy es fácil generar contenido con IA que parece humano, pero sirve a intereses políticos concretos.

Casos documentados de manipulación asistida por IA

  1. India: uso de IA para generar discursos políticos deepfake antes de elecciones locales.
  2. Turquía: creación de perfiles falsos en Twitter X para defender al gobierno y atacar a opositores.
  3. Estados Unidos: campañas automatizadas en Facebook dirigidas a comunidades específicas durante campañas presidenciales.

La manipulación ya no necesita trolls, sino algoritmos capaces de alimentar el caos informativo con eficiencia quirúrgica.

El control algorítmico del comportamiento colectivo

Además de vigilancia y manipulación, la IA permite algo aún más inquietante: dirigir el comportamiento humano como una variable programable.

Los gobiernos pueden usar Machine Learning para identificar puntos de quiebre sociales.

Esto se traduce en la capacidad de predecir —y evitar— protestas, huelgas o incluso revoluciones.

¿Cómo?

A partir del análisis de datos masivos: interacciones en redes, datos de movilidad, patrones de consumo y sensores públicos.

Con esa información, los algoritmos pueden anticipar disturbios varios días antes de que sucedan.

Así, los gobiernos pueden tomar decisiones quirúrgicas: aumentar presencia policial, lanzar campañas de distracción o incluso silenciar voces específicas.

La IA deja de ser una herramienta pasiva y se convierte en un instrumento de ingeniería social.

Programas que ya están en marcha

  • iBorderCtrl en Europa: detecta mentiras en solicitantes de asilo mediante microexpresiones y machine learning.
  • Predictive Policing en EE. UU.: predice zonas donde aumentarán crímenes, concentrando la vigilancia anticipadamente.
  • Proyecto Maven: colaboración entre el Pentágono y Big Tech para analizar video a escala masiva en tiempo real.

En todos estos casos, el objetivo es claro: anticipar y prevenir, pero también reprimir y condicionar.

La delgada línea entre seguridad y represión

Los defensores de estas tecnologías repiten un argumento común: “La IA nos ayuda a ser más seguros”.

Y sí, evitar atentados y proteger vidas humanas parece indiscutible.

Pero cuando esos mismos sistemas atacan la privacidad, el disenso político o la vida íntima, el discurso se tambalea.

El riesgo más grave es la normalización de la vigilancia como estándar social.

Es decir, generaciones enteras que acepten ser monitoreadas en nombre del orden.

La represión ahora no requiere violencia física: basta con que un algoritmo marque tu rostro como “peligroso”.

Y si además controla si puedes viajar, obtener crédito, o acceder a salud, entonces el poder del gobierno se convierte en absoluto.

Un ejemplo que heló al mundo: el software de Xinjiang

Durante años, el gobierno chino desarrolló un complejo sistema de IA para vigilar a la minoría uigur en Xinjiang.

Las cámaras identificaban no solo rostros, sino también movimientos corporales y emociones.

Los algoritmos analizaban llamadas, mensajes y ubicaciones GPS para detectar “comportamientos sospechosos”.

¿El resultado?

Más de un millón de personas enviadas a “centros de reeducación”, según organismos internacionales.

Muchos de ellos, automáticamente clasificados como “potencialmente radicales” simplemente por orar frecuentemente o tener barba.

No hubo juicio, ni defensa.

Solo una predicción de IA mal entrenada.

La pesadilla distópica que muchos imaginaron, ya sucedió al menos una vez.

¿Puede esto ocurrir en democracias consolidadas?

La tentación es universal.

Incluso en países con estándares de derechos humanos, el uso de sistemas de IA para el control de masas ha penetrado lentamente.

En Francia, durante las protestas de los chalecos amarillos, drones con visión computarizada grabaron a los manifestantes.

En Estados Unidos, plataformas de vigilancia algorítmica fueron usadas contra periodistas y activistas del movimiento Black Lives Matter.

Sudamérica no es ajena: en Brasil y Argentina se han probado softwares que identifican caras en eventos públicos masivos.

Algunas aplicaciones ya funcionan sin regulación.

Otras, directamente se usaron sin conocimiento ciudadano.

Toda herramienta con poder debe ser regulada, pero la IA avanza más rápido que las leyes.

Preguntas frecuentes sobre el uso estatal de IA

¿Hay tratados internacionales que limiten estos usos?

Pocos, y ninguno vinculante.

Existen declaraciones éticas, como las guías de la UNESCO, pero no leyes globales aplicables.

¿Se puede evitar que la IA sea usada para represión?

Sí, pero requiere transparencia, regulaciones estrictas y control ciudadano sobre el uso de datos.

¿Están las empresas tecnológicas involucradas?

Muchas veces, sí.

Empresas como Microsoft, Palantir y Amazon han firmado contratos con agencias gubernamentales para desarrollar sistemas de vigilancia.

¿Cuáles son las alternativas que protegen libertades?

Desarrollar IA ética, limitar el uso de datos biométricos y crear supervisión independiente sobre proyectos estatales de tecnología.

¿Existe manera de detectar si estás siendo vigilado por IA?

Difícilmente.

La vigilancia basada en IA opera en gran parte sin ser detectada por los ciudadanos.

Esa es justamente su mayor fortaleza.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos?

La respuesta no es simple, pero empieza con una palabra: conciencia.

Informarse, preguntar, exigir transparencia sobre el uso de IA a nivel estatal.

No se trata de rechazar la tecnología, sino exponer sus usos indebidos.

Cuando los gobiernos usan la IA para ayudarnos, es bienvenida.

Pero si la usan para dominarnos, la historia nos ha enseñado que el precio puede ser devastador.

El futuro de nuestras libertades depende de nuestra capacidad de entender, fiscalizar y participar en esta era de algoritmos omnipresentes.

La ciudadanía digital no es una opción. Es una urgencia.

En resumen, la Inteligencia Artificial ya no es solo una herramienta más en manos de los gobiernos: es el nuevo centro de gravedad del poder estatal.

Quien controle los algoritmos, controlará las mentes, los movimientos y hasta las emociones de millones de personas.

Y si no estás mirando con suficiente atención, probablemente ya estés siendo controlado tú también.

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